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La Coctelera

REVELACIONES DE DIOS Y MARÍA

AMAR EN LA VERDAD A LA SANTA IGLESIA Y CONOCER SU DOCTRINA, SER FIEL AL SEÑOR EN LA FE VERDADERA, CAMINAR CON MARÍA REINA EN ESTOS ÚLTIMOS TIEMPOS.

19 Agosto 2011

EL DIABLO

EL DIABLO HOY: APARTATE SATANAS 

• Capítulo I.- La Conspiración del Silencio
• Una de las grandes necesidades de la Iglesia contemporánea
• Lagunas en la teología y en la catequesis
• El enemigo desenmascarado
• Las instituciones, instrumento de Satanás
• Un terreno minado
• Es una obra buena armarles
• Capítulo II.- Protagonistas de la Historia...
• La Providencia utiliza la malicia de los demonios
• María enfrentada a la serpiente
• Las dos ciudades
• Capítulo III.- El Príncipe de este Mundo
• ¿Dos divinidades rivales?
• Caen bajo el dominio de Satanás
• Es un rasgo característico de los impíos...
• Capítulo IV.- Un instrumento en lasmanos de Dios
• Un camino más rápido
• ...un signo de reprobación
• Como con los ojos de Dios
• Parece que la quiere destrozar
• Capítulo V.- La táctica del Diablo: pasar inadvertido
• El orgullo conduce a la ruina
• El Vaticano II y las amenazas de Satanás
• San Juan de la Cruz: comparaciones sacadas del arte militar
• Capítulo VI.- Sus Presas Preferidas
• Algunos indicios reveladores
• Capítulo VII.- Como perro sujeto por una cadena
• Nunca sin luz verde
• ¡Hacedlo deprisa!
• Puede ladrar, pero no morder
• Capítulo VIII.- Bajo las apariencias de un Ángel de Luz
• Bajo el pretexto de la humildad
• Conducir al activismo
• El más difícil de descubrir
• Capítulo IX.- El Mecanismo de la Tentación
• Satanás en nuestra vida cotidiana
• Sólo Dios puede embridar a Satanás
• La mayor parte de los males penetran por ahí
• Su influencia se expande como un gas deletéreo
• Capítulo X.- Un Antídoto
• A disposición de todos
• Capítulo XI.- Dios utiliza la Malicia de los demonios
• Benefactores a pesar suyo
• Capítulo XII.- Somo más fuertes
• Capítulo XIII.- Cristo vencedor de Satanás
• Un lugar colateral
• Está en juego nuestro destino
• El enemigo más temible
• Estos transmisores de la gracia
• La alegría espiritual, antídoto soberano
• Capítulo XIV.- La lucha de los Santos contra el Diablo
• Una tentación tan fuerte...
• El demonio me inspiraba...
• Renunciar a su proyecto y hacer como todo el mundo
• Como por encanto
• No lo habría creído jamás
• Los ángeles de luz vencen a los ángeles de las tinieblas
Capítulo I.- La Conspiración del Silencio
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"¿Cómo se ha podido llegar a esta situación?"
Ésta es la pregunta que se hacía el Papa Pablo VI, algunos años después de la clausura del Concilio Vaticano II, a la vista de los acontecimientos que sacudían a la Iglesia. "Se creía que, después del Concilio, el sol habría brillado sobre la historia de la Iglesia. Pero en lugar del sol, han aparecido las nubes, la tempestad, las tinieblas, la incertidumbre."
Sí, ¿cómo se ha podido llegar a esta situación?
La respuesta de Pablo VI es clara y neta: "Una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el diablo, ese ser misterioso del que San Pedro habla en su primera Carta. ¿Cuántas veces, en el Evangelio, Cristo nos habla de este enemigo de los hombres?". Y el Papa precisa: "Nosotros creemos que un ser preternatural ha venido al mundo precisamente para turbar la paz, para ahogar los frutos del Concilio ecuménico, y para impedir a la Iglesia cantar su alegría por haber retomado plenamente conciencia de ella misma".
Para decirlo brevemente, Pablo VI tenía la sensación de que "el humo de Satanás ha entrado por alguna fisura en el templo de Dios".
Así se expresaba Pablo VI sobre la crisis de la Iglesia el 29 de Junio de 1972, noveno aniversario de su coronación. Algunos periódicos se mostraron sorprendidos por la declaración del Papa sobre la presencia de Satanás en la Iglesia. Otros periódicos se escandalizaron. ¿No estaba Pablo VI exhumando creencias medievales que se creían olvidadas para siempre?
Una de las grandes necesidades de la Iglesia contemporánea
Sin arredrarse ante estas críticas Pablo VI volvió sobre este tema candente cinco meses más tarde. Y lejos de contentarse con reafirmar la verdad sobre Satanás y su actividad, el Papa consagró una entera catequesis a la presencia activa de Satanás en la Iglesia (cfr Audiencia general, 15 de Noviembre de 1972).
Desde el inicio, Pablo VI subrayó la dimensión universal del tema: "¿Cuáles son hoy -afirma- las necesidades más importantes de la Iglesia?". La respuesta del Papa es clara: "Una de las necesidades más grandes de la Iglesia es la de defenderse de ese mal al que llamamos el demonio".
Y pablo VI recuerda la enseñanza de la Iglesia sobre la presencia en el mundo "de un ser viviente, espiritual, pervertido y pervertidor, realidad terrible, misteriosa y temible".
Después, refiriéndose a algunas publicaciones recientes (en una de las cuales un profesor de exégesis invitaba a los cristianos a "liquidar al diablo"), Pablo VI afirmaba que "se separan de la enseñanza de la Biblia y de la Iglesia los que niegan a reconocer la existencia del diablo, o los que lo consideran un principio autónomo que no tiene, como todas las criaturas, su origen en Dios; y también los que lo explican como una seudo-realidad, una invención del espíritu para personificar las causas desconocidas de nuestros males".
"Nosotros sabemos -prosiguió Pablo VII- que este ser oscuro y perturbador existe verdaderamente y que está actuando de continuo con una astucia traidora. Es el enemigo oculto que siembra el error y la desgracia en la historia de la humanidad."
"Es el seductor pérfido y taimado que sabe insinuarse en nosotros por los sentidos, la imaginación, la concupiscencia, la lógica utópica, las relaciones sociales desordenadas, para introducir en nuestros actos desviaciones muy nocivas y que, sin embargo, parecen corresponder a nuestras estructuras físicas o síquicas o a nuestras aspiraciones más profundas".
Satanás sabe insinuarse ... para introducir ... Estas expresiones, ¿no recuerdan a las del león rugiente de San Pedro que ronda, buscando a quien devorar? El diablo no espera a ser invitado para presentarse, más bien impone su presencia con una habilidad infinita.
El Papa evocó también el papel de Satanás en la vida de Cristo. Jesús calificó al diablo de "príncipe de este mundo" tres veces a lo largo de su ministerio, tan grande es el poder de Satanás sobre los hombres.
Pablo VI se esforzó en señalar los indicios reveladores de la presencia activa del demonio en el mundo. Volveremos sobre este diagnóstico.
Lagunas en la teología y en la catequesis
En su exposición, el Santo Padre sacó una conclusión práctica que, más allá de los millares de fieles presentes en la vasta sala de las audiencias, ese dirigía a los católicos de todo el mundo: "A propósito del demonio y de su influencia sobre los individuos, sobre las comunidades, sobre sociedades enteras, habría que retomar un capítulo muy importante de la doctrina católica, al que hoy se presta poca atención".
El Cardenal J. L. Suenens, antiguo arzobispo de Bruxelles-Malines, escribió al final de su libro Renouveau et Puissances desténèbres: "Acabando estas páginas, confieso que yo mismo me siento interpelado, ya que me doy cuenta de que a lo largo de mi ministerio pastoral no he subrayado bastante la realidad de las Potencias del mal que actúan en nuestro mundo contemporáneo y la necesidad del combate espiritual que se impone entre nosotros" (p. 113).
En otras palabras, la Cabeza de la Iglesia piensa que la demonología es un capítulo "muy importante" de la teología católica y que hoy en día se descuida demasiado. Existe una laguna en la enseñanza de la teología, en la catequesis y en la predicación. Y esta laguna solicita ser colmada. Estamos ante "una de las necesidades más grandes" de la Iglesia en el momento presente.
¿Quién lo habría previsto? La catequesis de Pablo VI sobre la existencia e influencia del demonio produjo un resentimiento inesperado por parte de la prensa. Una vez mas, se acusó a al Cabeza de la Iglesia de retornar a creencias ya superadas por la ciencia. ¡El diablo está muerto y enterrado!
Raramente los periódicos se habían levantado con una vehemencia tan ácida contra el Soberano Pontífice. ¿Cómo explicar la violencia de estas reacciones?
Que periódicos hostiles a la fe cristiana ironicen sobre una enseñanza del Papa no suscita ninguna extrañeza. Es coherente con sus posiciones. Pero que al mismo tiempo se dejen llevar de la cólera, esto es lo que sorprende...
¿Cómo no presentir bajo estas reacciones la cólera del Maligno? En efecto, Satanás necesita el anonimato para poder actuar de manera eficaz. ¿Cuál no será su irritación, por tanto, cuando ve al Papa denunciar urbi et orbi sus artimañas en la Iglesia? Es la cólera del enemigo que se siente desenmascarado y que exhala su despecho a través de estos secuaces inconscientes.
El enemigo desenmascarado
Habría que retomar el capítulo de la demonología: esta consigna de Pablo VI tuvo una especie de precedente en la historia del papado contemporáneo.
Era un día de diciembre de 1884 o de enero de 1885, en el Vaticano, en la capilla privada de León XIII. Después de haber celebrado la misa, el Papa, según su costumbre, asistió a una segunda misa. Hacia el final, se le vio levantar la cabeza de repente y mirar fijamente hacia el altar, encima del tabernáculo. El rostro del Papa palideció y sus rasgos se tensaron. Acabada la misa, León XIII se levantó y, todavía bajo los efectos de una intensa emoción, se dirigió hacia su estudio. Un prelado de los que le rodeaban le preguntó: "Santo Padre, ¿Se siente fatigado? ¿Necesita algo?".
"No, respondió León XIII, no necesito nada..."
El Papa se encerró en su estudio. Media hora más tarde, hizo llamar al secretario de la Congregación de Ritos. Le dio una hoja, y le pidió que la hiciera imprimir y la enviara a los obispos de todo el mundo.
¿Cuál era el contenido de esta hoja? Era una oración al arcángel San Miguel, compuesta por el mismo León XIII. Una oración que los sacerdotes recitarían después de cada misa rezada, al pie del altar, después del Salve Regina ya prescrito por Pío IX:
Arcángel San Miguel en la lucha, sé nuestro amparo contra la adversidad y las asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los otros malos espíritus que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
León XIII confió más tarde a uno de sus secretarios, Mons. Rinaldo Angeli, que durante la misa había visto una nube de demonios que se lanzaban contra la Ciudad Eterna para atacarla. De ahí su decisión de movilizar a San Miguel Arcángel y a las milicias del cielo para defender a la Iglesia contra Satanás y sus ejércitos, y más especialmente para la solución de lo que se llamaba "la Cuestión romana".
La oración a San Miguel fue suprimida en la reciente reforma litúrgica. Algunos piensan que, siendo tan adecuada para conservar entre los fieles y los sacerdotes la fe en la presencia activa de los ángeles buenos y de los malvados, podría ser reintroducida, o bien en la Liturgia de las Horas, o bien en la oración de los fieles en la misa. Como afirmaba Juan Pablo II el 24 de mayo de 1987, en el santuario de San Miguel Arcángel en el Monte Gargan: "el demonio sigue vivo y activo en el mundo". Las hostilidades no han cesado, los ejércitos de Satanás no han sido desmovilizados. Por lo tanto la oración continúa siendo necesaria.
El 20 de abril de 1884, poco tiempo antes de esta visión del mundo diabólico, León XIII había publicado una encíclica sobre la francmasonería que se inicia con consideraciones de envergadura cósmica. "Desde que, por la envidia del demonio, el género humano se separó miserablemente de Dios, a quien debía su llamada a la existencia de los dones sobrenaturales, los hombres se han dividido en dos campos opuestos que no cesan de combatir: uno por la verdad y la virtud, el otro por aquello que es contrario a la virtud y a la verdad."
Meditando las consideraciones de León XIII se comprende mejor la consigna dada por Pablo VI en su catequesis del 15 de noviembre de 1972: "Habría que retomar un capítulo muy importante de la doctrina católica (la demonología), al que hoy se presta poca atención".
Juan Pablo II ha hecho suya la consigna de su predecesor. En su enseñanza ha ido incluso más allá de Pablo VI. Mientras que éste no dedicó más que una catequesis del miércoles al problema del demonio, Juan Pablo II ha tratado este tema a lo largo de seis audiencias generales sucesivas. Y hay que añadir a esta enseñanza una peregrinación al santuario de San Miguel Arcángel en el Monte Gargan, el 24 de mayo de 1987, y un discurso sobre el demonio pronunciado el 4 de septiembre de 1988, con motivo de su viaje a Turín.
Las instituciones, instrumento de Satanás
En otras ocasiones, Juan Pablo II ha puesto en guardia a los fieles contra las insidias del diablo, como por ejemplo encuentro con 30,000 jóvenes en las islas Madeira (mayo de 1991) donde citó un pasaje significativo de su mensaje de 1985 para El año internacional de la juventud: "La táctica que Satanás ha aplicado, y que continúa aplicando, consiste en no revelarse, para que el mal que ha difundido desde los orígenes se desarrolle por la acción del hombre mismo, por los sistemas y las relaciones entre los hombres, entre las clases y entre las naciones entre los hombres, entre las clases y entre las naciones, para que el mal se transforme cada vez más en un pecado "estructural" y se pueda identificar menos como un pecado "personal"". Satanás actúa sobre todo en la sombra, para pasar desapercibido. Satanás actúa a través de los hombres y también a través de las instituciones.
¿Es posible imaginar el papel de Satanás en la preparación, lejana y cercana de las leyes que autorizan el aborto y la eutanasia?
En un sentido actual sobre Satanás, Dom Alois Mager o.sb., antiguo decano de la facultad de teología de Salzburgo, afirma que el mundo satánico se caracteriza por dos rasgos: la mentira y el asesinato. "La mentira aniquila la vida espiritual; el asesinato, la vida corporal... Aniquilar siempre, ésta es la táctica de las fuerzas satánicas". Ahora bien, Dios es Aquel que es y que da sin cesar la vida, el movimiento y la existencia (cfr Hch 17, 28).
La insistencia creciente de dos Papas contemporáneos sobre Satanás y sus maquinaciones ¿no es altamente significativa? ¿No nos invita a una profundización en nuestra postura sobre el papel de Satanás en la historia, la historia grande de los pueblos y de la Iglesia y la historia pequeña de cada hombre en particular?
Esta revisión ha constituido mi preocupación. Como periodista establecido en Roma desde hace varios decenios había escrito en 1970 un libro sobre los ángeles custodios: Mi Ángel marchará delante de ti, publicado en once idiomas. Un capítulo pone de relieve "las acechanzas y las emboscadas" que los ángeles malvados hacen a los hombres en su camino a su destino eterno. Un sacerdote santo, que me había felicitado por este estudio sobre los ángeles buenos, me sugirió la publicación de un ensayo análogo sobre los ángeles malvados. Esta propuesta me sorprendió. ¿Cómo podría dedicar tiempo y energías a un tema lateral, antipático y desprovisto de interés práctico? La catequesis de Pablo VI de 15 de Noviembre de 1972 y su invitación a retomar la doctrina de la Iglesia sobre los ángeles malos me impresionaron profundamente. Se trataba, a pesar de todo, de un tema importante para la vida cristiana. Más tarde, las catequesis de Juan Pablo
II sobre los ángeles malos hicieron madurar en mí el proyecto de publicar un trabajo sobre este tema repulsivo... Sería, me parecía, un modo de responder por mi parte a la invitación de Pablo VI.
Un terreno minado
Sé muy bien que escribiendo estas páginas me aventuro en un terreno minado, rodeado de misterio. Primero por la materia tratada. Después por el escepticismo existente sobre el tema. Pocos cristianos parecen creer verdaderamente en la existencia personal de los demonios. Muchos parecen incluso rechazar esta verdad, no porque sea incierta, sino porque -se nos dice- "hoy en día la gente no lo admitiría". ¡Cómo si el hombre de la era automática pudiera censurar los datos de la Revelación! ¡Cómo si ésta se asemejara al menú de un restaurante donde cada cliente elige o rechaza los platos a su gusto!
Otros, también irreverentes con la Revelación, compartirían con gusto la posición de este viejo señor que, al final de una agitada mesa redonda sobre la existencia del diablo, sugería que la cuestión fuese decidida... por un referéndum: "La mayoría decidirá si los demonios existen o no". ¡Cómo si la verdad dependiese del número de opiniones y no de consistencia! ¿Lo que afirman cien charlatanes deberá tener más peso que la opinión meditada de un sabio o de un santo?
Algunos años antes de la intervención de Pablo VI, el cardenal Gabriel - Marie Garrone denunciaba la conspiración del silencio sobre la existencia de los demonios: "Hoy en día apenas si se osa hablar. Reina sobre este tema una especie de conspiración del silencio. Y cuando este silencio se rompe es por personas que se hacen los entendidos o que plantean, con una temeridad sorprendente, la cuestión, de la existencia del demonio. Ahora bien, la Iglesia posee sobre este punto una certeza que no se puede rechazar sin temeridad y que reposa sobre una enseñanza constante que tiene su fuente en el Evangelio y más allá. La existencia, la naturaleza, la acción del demonio constituyen un dominio profundamente misterioso en el que la única actitud sabia consistiría en aceptar las afirmaciones de la fe, sin pretender saber más de lo que la Revelación ha considerado bueno decirnos".
Y el cardenal concluye: "Negar la existencia y la acción del "Maligno" equivale a ofrecerle un inicio de poder sobre nosotros. Es mejor, en esto como en el resto, pensar humildemente como la Iglesia, que colocarse, por una pretenciosa superioridad, fuera de la influencia benefactora de su verdad y de su ayuda.
Es una obra buena armarles
Una decena de años más tarde, una vigorosa profesión de fe del obispo de Estrasburgo, Mons. León Arthur Elchinger, se hará eco de las consideraciones del cardenal Gabriel - Marie Garrone. Pondrá, como se suele decir, los puntos sobre las "íes", desafiando de esta manera a cierta intelligentzia.
"Creer en Lucifer, en el Maligno, en Satanás, en la acción entre nosotros del Espíritu del mal, del Demonio, del Príncipe de los demonios, significa pasar ante los ojos de muchos por ingenuo, simple, supersticioso. Pues bien, yo creo."
"Creo en su existencia, en su influencia, en su inteligencia sutil, en su capacidad suprema de disimulo, en su habilidad para introducirse por todas partes, en su capacidad consumada de llegar a hacer creer que no existe. Sí, creo en su presencia entre nosotros, en su éxito, incluso dentro de grupos se reúnen para luchar contra la autodestrucción de la sociedad y de la Iglesia. Él consigue que se ocupen en actividades completamente secundarias e incluso infantiles, en lamentaciones inútiles, en discusiones estériles, y durante este tiempo puede continuar su juego sin miedo a ser molestado".
Y el prelado expone sus razones de orden sobrenatural primero y después de orden natural.
"Sí, creo en Lucifer y esto no es una prueba de estrechez de espíritu o de pesimismo. Creo porque los libros inspirados del Antiguo y del Nuevo Testamento nos hablan del combate que entabla contra aquellos a los que Dios ha prometido la herencia de su Reino. Creo porque, con un poco de imparcialidad y una mirada que no se cierre a la luz de lo Alto, se adivina, se constata cómo este combate continúa bajo nuestros ojos. Ciertamente, no se trata de materializar a Lucifer, de quedarnos en las representaciones de una piedad popular. Lucifer, el Príncipe del mal, actúa en el espíritu y en el corazón del hombre".
"Finalmente, creo en Lucifer porque creo en Jesucristo que nos pone en guardia contra él y nos pide combatirlo con todas nuestras fuerzas si no queremos ser engañados sobre el sentido de la vida y del amor".
Capítulo II.- Protagonistas de la Historia...
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En un uno de sus análisis más penetrantes, el Concilio Vaticano II se dedica a desentrañar las causas del ateísmo contemporáneo. Entre ellas, el Concilio señala la existencia de una imagen falsa de Dios: "Algunos se representan a Dios de un modo tal que, al rechazarlo, rechazan un Dios que no es de ninguna manera el del Evangelio" (Gaudium et spes, 19).
Se podría decir analógicamente que algunos se representan al diablo de un modo tal que, al rechazarlo, rechazan a un diablo que no es de ninguna manera el de la Sagrada Escritura, de la Tradición y de Magisterio de la Iglesia.
En la existencia de esta postura es importante la responsabilidad de un cierto tipo de iconografía, remarca el historiador H.I. Marrou: "Estamos demasiado acostumbrados, a partir del arte romántico, a ver aparecer a los demonios como monstruos horribles. Esta tradición iconográfica que, plásticamente, tendrá su apogeo en las creaciones de una inspiración casi surrealista de los pintores flamencos, puede invocar la autoridad de textos que se remontan a la tradición más auténtica de los Padres del desierto, a partir de la primera fuente de toda su literatura, la Vida de San Antonio...".
H.I. Marrou continúa: "Todos los escritos del mismo tipo están llenos de relatos que nos describen a los demonios bajo el aspecto de monstruos y bestias. Pero hay que remarcar con claridad que, en todos estos textos, se trata de apariencias que los diablos revisten momentáneamente para atemorizar a los solitarios. Estas representaciones no son por tanto legítimas en el arte cristiano más que durante la realización de tales tentaciones y no cuando se trata de representar al demonio, independientemente de este papel, momentáneo, de espantapájaros".
Como subraya H.I. Marrou, Satanás es un ángel caído, pero un ángel, es decir, una espléndida criatura salida de las manos de Dios.
Hay una distancia enorme entre un oso, un macho cabrío, una serpiente -bajo cuyas apariencias se representa a veces al demonio- y un ángel, es decir, la más perfecta de las obras salidas de las manos del Creador. Santo Tomás de Aquino, tan mesurado en sus expresiones, remarca que, incluso después de su caída, Satanás conserva integralmente los dones naturales verdaderamente espléndidos recibidos del Creador.
El dominio sigue siendo una maravilla de inteligencia y de voluntad, aunque use muy mal sus dones naturales, incomparablemente superiores a los del hombre. Un atleta gigante sigue siendo un atleta gigante aunque use su fuera y su agilidad para cometer crímenes.
La Providencia utiliza la malicia de los demonios
La grandeza natural de los ángeles caídos está presente también en el papel que Dios les asigna en la historia de la salvación. No es un papel de comparsa como se podría pensar, sino de protagonistas. Santo Tomás de Aquino lo explica en estos términos: "Por su naturaleza los ángeles están entre Dios y los hombres. Ahora bien, el plan de la Providencia consiste en curar el bien de las criaturas inferiores por medio de los seres superiores. El bien del hombre lo procura la Providencia de una manera doble. O bien directamente, induciendo al hombre al bien y alejándolo del mal, y conviene que esto se haga por el ministerio de los ángeles buenos, o bien indirectamente, cuando el hombre es probado y combatido por los asaltos del adversario. Y conviene que se confíe esta manera de procurar el bien a los ángeles malvados, para que después del pecado no pierdan su utilidad en el orden de la naturaleza".
Así, añade Santo Tomás, un doble lugar de castigo se atribuye a los demonios: uno, por su falta, es el infierno; el otero, por las pruebas que hacen sufrir a los hombres, es el aire "aire tenebroso", es decir, la atmósfera terrestre de la que habla la Sagrada Escritura (cfr Ef 2, 2; 6, 12 y 1 P 5, 8).
¡Lenguaje ciertamente misterioso para el hombre moderno! El Cardenal Charles Journet intenta explicar asó los "lugares" habitados por los demonios: "las dos sedes del demonio se indican una por el infierno, la otra por el aire, la estratosfera, los lugares celestes. La primera sede es la de su infortunio; la segunda la de sus amenazas".
"hablar de la presencia del demonio en el aire, en la estratosfera, en los ligares celestes, es servirse de una imagen para decir que además de su presencia en el infierno donde está encadenado, el demonio está también presente en el lugar donde vivimos para tentarnos."
Después de su pecado Dios habría podido precipitar a todos los ángeles rebeldes en las profundidades del infierno, pero corresponde al sabio utilizar los males para fines superiores, observa Santo Tomás.
Mientras el Señor precipita en el infierno a una parte de los ángeles malvados, encierra la otra parte en la atmósfera terrestre para tentar a los hombres.
Dios se servirá de su malicia, perfectamente controlada, para poner a prueba a los hombres y para darles de este modo la ocasión de purificarse y de elevarse espiritualmente. Así, los ángeles rebeldes se convierten a pesar suyo en los servidores del Señor o más bien en sus esclavos. Como los presos del Antiguo Régimen eran condenados a remar en las galeras del Estado, así los demonios están condenados a obrar, a pesar suyo, para la salvación de las almas y para la gloria de Dios.
Por lo que se refiere a la duración del ministerio de los ángeles buenos y de las pruebas infligidas por los malos, Santo Tomás escribe: "Hasta el día del juicio final hay que procurar la salvación de los hombres. Hasta entonces, por lo tanto, debe proseguir tanto el ministerio de los ángeles buenos son enviados aquí abajo, cerca de nosotros, mientras que los demonios residen en el aire tenebroso para probarnos. Sin embargo, algunos de ellos se encuentran ya en el infierno para torturare a aquellos que son inducidos al mal; de igual modo que algunos ángeles buenos están en el cielo con las almas santas. Pero después del último juicio, todos los malos, hombres y ángeles, estarán en el infierno; todos los buenos, en el cielo".
Se trata de una visión cósmica de la historia de la salvación: de un lado millones y millones de ángeles fieles a Dios velan guardando a los hombres en marcha hacia su destino eterno; del otro, legiones y legiones de ángeles rebeldes se esfuerzan por perder a esos mismos hombres.
"El mundo cambia de aspecto, escribía René Bazin, cuando se considera a los hombres sólo como almas en camino hacia su destino eterno". La historia de la humanidad, se podría decir, cambia de aspecto, cuando se la considera el teatro del encuentro entre dos ejércitos de ángeles que se disputan el espíritu y el corazón de los hombres. Habría que poder considerar este espectáculo con "los ojos de Dios", es decir, con una mirada de fe viva, para medir un poco sus dimensiones apocalípticas. "Sobre la escena del mundo, escribe un autor espiritual, la vida de las almas puede aparecer circundada de banalidad. En realidad, esta vida está dominada por un invisible y grandioso altercado entre Dios y el demonio".
María enfrentada a la serpiente
El Concilio Vaticano II recuerda estas verdades profundas de la Revelación cristiana. "Un duro combate contra las potencias de las tinieblas tiene lugar a través de toda la historia de los hombres; comenzada al inicio, durará, como el Señor lo ha dicho (cfr Mt 24, 13; 13, 24-30 y 36, 43) hasta el último día. Ocupado en esta batalla el hombre debe combatir sin pausa para conseguir el bien. Y sólo a través de grandes esfuerzos, con la gracia de Dios, logra realizar su unidad interior por su unión a Dios" (Gaudium et spes, 37.
"Los demonios, nuestros enemigos, son fuertes y temibles, poseen un ardor invencible y están animados por un odio furioso e inimaginable contra nosotros. De igual modo nos hacen guerra sin descanso, sin paz y sin tregua posible. Su audacia es increíble..." (Catecismo de Trento, cap. 41, par. III).
María, Madre de la Iglesia, juega un papel decisivo en este "duro combate" contra los ángeles de la tiniebla. Juan Pablo II lo revela en su encíclica sobre la Bienaventurada Virgen María en la Iglesia en marcha (Redemptoris Mater, n. 47), que se inspira en el Génesis y el del Apocalipsis. "Merced a este vínculo especial, que une a la Madre de Cristo con la Iglesia, escribe el Papa, se aclara mejor el misterio de aquella "mujer" que, desde los primeros capítulos del Libro del Génesis hasta el Apocalipsis, acompaña la revelación del designio salvífico de Dios respecto a la humanidad. María, en efecto, presente en la Iglesia como Madre del Redentor, participa maternalmente en aquella "dura batalla contra el poder de las tinieblas" (cfr Gaudium et spes, 37) que se desarrolla a lo largo de toda la historia humana".
Las dos ciudades
Hemos oído a León XIII recordamos "que, por la envidia del demonio, el género humano se ha dividido en dos campos opuestos, que no cesan de combatir: uno por la verdad y la virtud, el otro por todo aquello que es contrario a estos valores". León XIII precisa: "El primero es el reino de Dios sobre la tierra, es decir la Iglesia de Jesucristo cuyos miembros deben servir a Dios. El segundo es el reino de Satanás. Bajo su imperio y su poder se encuentran todos aquellos que, siguiendo los funestos ejemplos de su jefe y de nuestros primeros padres, rechazan obedecer a la ley divina y multiplican sus esfuerzos, aquí para prescindir de Dios y allí para actuar directamente contra Dios" (Encíclica Humanum genus, 20-IV-1884).
"San Agustín ha captado y descrito estos dos reinos con una gran perspicacia bajo la forma de dos ciudades opuestas entre sí... tanto por las leyes que las rigen como por el ideal que persiguen."
"La ciudad terrestre procede del amor de sí llevado hasta el desprecio de Dios, mientras que la ciudad celeste procede del amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí" según la famosa máxima del obispo de Hipona.
León XIII continúa: "Con el paso de los siglos las dos ciudades no han cesado de luchar la una contra la otra, empleando todo tipo de tácticas y las armas más diversas, aunque no siempre con el mismo ardor ni con el mismo ímpetu" (Encíclica Humanum genus).
Nota digna de relieve, hecha por el autor de un documento publicado en 1975 bajo los auspicios de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con el título: Fe cristiana y demonología: San Agustín muestra al demonio actuando en las dos ciudades, que tienen su origen en el cielo, en el momento en el que las primeras criaturas de Dios, los ángeles, se declararon fieles o infieles a su Señor. En la sociedad de los pecadores, San Agustín discernió un "cuerpo" místico del diablo que se encontrará más tarde en las Moralia in Job de San Gregorio Magno.
Con ocasión del XV centenario de la muerte de San Agustín, el Papa XI recordó la actualidad de la doctrina del santo Doctor sobre la lucha encontrada que se libra a lo largo de los siglos entre la ciudad de Dios y la ciudad de Satanás (Encíclica Ad salutem humani, 20-IV-1930).
Otra concordancia significativa: también los escritos de Qumrân presentan al mundo dividido en dos campos opuestos: de un lado el campo de los ángeles de la luz; del otro el campo de los ángeles de las tinieblas.
Según el padre Auvray, exegeta, "para San Juan, la Pasión de Jesús es una lucha contra el demonio, a lo largo de la cual éste será vencido (Jn 12, 31; 14, 30); toda la predicación de los Apóstoles será la continuación de esta lucha entre el reino de Dios y el del demonio" (Hch 26, 18).
¿No presenta el Apocalipsis, por otra parte, la historia de la Iglesia como una lucha entre Satanás y sus demonios y Dios y sus fieles? Esta lucha se terminará con el triunfo del Cordero y de aquellos que le habrán seguido.
¿Es necesario recordar una vez más, en apoyo de esta contemplación teologal de la humanidad en marcha hacia Dios, las meditaciones clásicas de San Ignacio de Loyola sobre los dos estándares, el de Cristo y el de Satanás?
¡He aquí una visión de la historia que eleva nuestra miradas muy por encima de los pequeños y grandes sucesos de la vida política, económica, social y cultural de cada día y por encima de nuestras mezquinas querellas entre cristianos!

Capítulo III.- El Príncipe de este Mundo

"Los testimonios patrísticos que presentan la entera vida cristiana como una lucha contra el demonio, son muy frecuentes, observa el padre François Vandenbrouche, o.s.b. Este tema está presente en la tradición. Se encuentran indicios desde San Jerónimo, San Agustín, Prudencio, hasta San Bernardo, Santo Tomás de Aquino, San Ignacio de Loyola, Scupoli. La idea básica es que el hombre, a consecuencia del pecado original, permanece de algún modo bajo el imperio del diablo" mientras no está unido plenamente a Cristo.
"Bajo el imperio del demonio..." En muchas ocasiones, Jesús habla del "príncipe de este mundo" (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11), como de una potencia temible; destinada al fracaso, ciertamente, pero no sin haber logrado victorias parciales. Este "príncipe" se llama también Satanás, jefe de los demonios, como San Miguel Arcángel es el jefe de las legiones de los ángeles fieles.
¿Dos divinidades rivales?
¿Qué se debe entender exactamente por "príncipe de este mundo"? Este término puede prestarse a equívocos. Puede parecer que apoya la tesis según la cual habría habido en el origen del mundo dos principios fundamentales coeternos, iguales y antagonistas, el Bien y el Mal. La Iglesia, se sabe, ha condenado esta seductora gnosis dualista conocida bajo el nombre de maniqueísmo.
¿Cómo resolver la oposición aparente entre la condena del maniqueísmo que coloca a Satanás en el mismo plan que Dios, y las afirmaciones del Nuevo Testamento sobre el "príncipe de este mundo"?
En primer lugar es importante precisar el sentido de la palabra mundo. Este término no significa aquí ni el cosmos ni la humanidad, sino -como indica un exegeta, el padre Stanislas Lyonnet s.j.- "el conjunto de hombres que rechazan a Dios" del que Satanás es el jefe espiritual. El demonio es, por lo tanto, el príncipe de todos los hombres que rechazan someterse a Dios.
Santo Tomás explica así la expresión "príncipe de este mundo": "Al diablo se le llama "príncipe d este mundo" en razón no de una dominación natural legítima, sino a causa de la usurpación de poder, en el sentido que los hombres carnales han despreciado a Dios para someterse al diablo. Como escribe San Pablo a los Corintios: "El Dios de este mundo ha oscurecido el entendimiento a los incrédulos (2 Co 4,4)". Es por tanto el "príncipe de este mundo" en la medida en que es jefe de los hombres carnales, los cuales, según San Agustín, están extendidos por el mundo entero".
La palabra príncipe se debe tomar, por tanto, no en sentido propio, como si se tratase de una autoridad mundial, sino en sentido figurado.
En un artículo de la Summa theologiae Santo Tomás explica también por qué el diablo, en razón de su influencia, puede ser considerado como "la cabeza de todos los malvados". "No sólo la cabeza (de un cuerpo) ejerce una influencia interior sobre los miembros, sino que además los gobierna exteriormente dirigiendo su actividad hacia un fin. Se puede por lo tanto dar a alguno el nombre de cabeza o jefe en relación a una multitud o bien en los dos sentidos de influjo interior y gobierno exterior, y es lo que sucede con Cristo cuando decidimos que es la cabeza de la Iglesia; o bien solamente en el sentido de gobierno exterior: en este último sentido, todo príncipe o prelado es cabeza de la multitud que le está sometida. De esta manera el diablo es generalmente cabeza de todos los malvados porque, como se dice en Job (41, 25): "Es rey de todos los orgullosos"".
Caen bajo el dominio de Satanás
Hechas estas precisiones, Santo Tomás continúa: "Corresponde al jefe conducir a su propio fin a los que gobierna. Ahora bien, el fin que pretende el diablo, es que los hombres se separen de Dios. Y por esto, desde el principio, el diablo intentó separar a Adán y Eva de la obediencia a los preceptos de Dios".
"Cuando los hombres, cometiendo pecado, son conducido a ese fin, es decir, a la aversión contra Dios, caen bajo el régimen y el gobierno del diablo y éste puede ser llamado su cabeza".
En la misma línea, San Agustín explicaba a los fieles de Hipona cómo su malvada conducta les hacía hijos del diablo: "Si tú imitas al diablo que, por su orgullo y su impiedad se ha elevado contra Dios, serás hijo del diablo. Lo llegarás a ser, no porque él te haya creado o engendrado, sino porque le imitas en su aversión a Dios".
Porque el diablo -precisa el santo Doctor- no ha hecho a nadie, no ha engendrado a nadie, no ha creado a nadie. Pero cualquiera que imita al diablo es como si hubiese nacido de él; se transforma en hijo del diablo por imitación.
Estas consideraciones dirigidas a la comunidad cristiana de Hipona, ¿no sirven también como advertencia para los hombres de hoy? ¿Cuántos se dan cuenta de que, dando deliberadamente la espalda a Dios y a su Ley, se transforman, moralmente, en hijos de las tinieblas, cuando poseían la vocación de ser hijos de la luz? Ellos siguen al "príncipe de este mundo".
Es un rasgo característico de los impíos...
Puede surgir ahora una cuestión relativa a las relaciones de los ángeles malvados entre ellos. ¿Existe una jerarquía entre los demonios? ¿Los ángeles menos ricamente dotados obedecen a los ángeles superiores? Rebeldes con Dios, ¿los ángeles pecadores se mostrarían respetuosos hacia sus jefes? En definitiva, ¿admitirían una autoridad? ¿Cómo explicar la concordia relativa que parece reinar en el mundo satánico?
La respuesta de Santo Tomás pone de relieve el rasgo característico del mundo satánico: el odio. "La concordia que lleva a algunos demonios a obedecer a otros no procede de su amistad mutua, sino de una maldad común que les hace odiar a los hombres y resistir a la justicia de Dios. Es un rasgo característicos de los hombres impíos, en efecto, unirse entre ellos, y, para lograr sus deseos malvados, someterse a aquellos que ven más poderosos y más fuertes". Se dirá que los ángeles malvados son oportunistas. Y es que también entre ellos "la unión hace la fuerza".
Un teólogo greco-ortodoxo contemporáneo, M. Panagiotis N. Trembelas de Atenas, subraya la necesidad de una exposición clara sobre la omnipotencia de Dios y sobre la potencia del mundo demoníaco. Señalar la presencia activa de Satanás no es disminuir a Dios. "Admitir al demonio no se opone a la dominación absoluta y a la omnipresencia de Dios... porque Dios no podría dejar de tener una autoridad plena y absoluta sobre el universo y sobre el mismo Satanás. Dios limita por otra parte la influencia y la acción de los espíritus malignos, de modo que estén al servicio de los designios y de los planes divinos."
"Si en el pasado la existencia de Satanás se encuentra ligada a mitos pueriles y repugnantes, no hay que rechazar al mismo tiempo la mentira y la verdad. Una verdadera investigación científica separa lo verdadero de lo falso y restaura la verdad en todos sus derechos".
"El origen cristiano de esta doctrina establece un baluarte infranqueable delate del dualismo idólatra. Para los Persas significa la existencia de dos principios distintos y personales en lucha el uno contra el otro; para los griegos y los germanos, por el contrario, insinuaba el triunfo del bien en un combate contra las tinieblas, en medio del caos".
Dios, Rey de los siglos y Señor de la historia y Satanás, príncipe de este mundo: no existe el peligro de ponerlos en el mismo plano para quienes se acerquen un poco a las profundidades liberadoras de la Revelación.
Capítulo IV.- Un instrumento en lasmanos de Dios
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"Cuántas veces -acaba de decirme Jesús- me habrías abandonado, hijo mío, si yo no te hubiera crucificado."e Es un gigante de la santidad contemporánea, el Padre Pío de Pietralcina, capuchino estigmatizado, quien hacía esta confidencia a su director espiritual.
Palabras impresionantes, ciertamente, que muestran el papel decisivo de la prueba de una vida cristiana. Sin ella, el hombre corre el riesgo de deslizarse hacia la mediocridad y de caer; corre el riesgo incluso de habituarse a vivir en pecado.
Con su concisión y su serenidad habitual, Santo Tomás expresa así esta incómoda verdad: "Dios distribuye a los hombres justos bienes y males temporales en la en que lo necesiten para alcanzar la vida eterna".
Un Dios bueno, distribuidor de males. ¡Qué paradoja, al menos en apariencia! Se trata, sin embargo, de una verdad cristiana fundamental. "Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga (Lc 9, 23), advierte Cristo. La cruz acompaña necesariamente la vida del cristiano. "El discípulo no está por encima del maestro, todo discípulo bien preparado será como su maestro" (Lc 6, 40).
Un camino más rápido
Santo Tomás va todavía más lejos cuando comenta este versículo de la epístola a los Hebreos: "El Señor corrige a aquel que ama, y castiga a todo el que reconoce como hijo". Dios corrige porque ama, explica el santo Doctor. La prueba es, por lo tanto, un fruto del amor. "Consecuentemente, no pueden ser considerados hijos del Padre aquellos que no son probados y castigados. La ausencia de pruebas es casi un signo de reprobación eterna".
Si se piensa que una parte considerable de las pruebas están causadas por Satanás, se podrá valorar mejor el papel del mundo diabólico en la historia de la salvación.
Es significativa, por otra parte, la atención dedicada por los santos y maestros espirituales a la presencia de Satanás en la vida cotidiana, como también la importancia que asignan al papel de las pruebas y de las tentaciones. "Dios permite al diablo tentarnos y probarnos para aumentar nuestros méritos, hacer más puras y altas nuestras virtudes, y más rápida nuestra marcha hacia Él".
¡Con qué lucidez el Cura de Ars, San Juan María Vianney, que conocía bien a los demonios, pone de relieve su papel en la vida cristiana! "¡Cuánto nos deben compadecer si no somos combatidos fuertemente por los demonios! Con toda probabilidad somos entonces amigos del demonio. Nos deja vivir en una falsa paz, nos adormece bajo el pretexto que hemos hecho algunas oraciones, que somos menos malos que otros".
El cura de Ars cita a este propósito el consejo de Gregorio Magno. "Si no tenéis tentaciones, entonces los demonios son vuestros amigos, vuestros conductores y vuestros pastores. Viviendo tranquilamente vuestra pobre vida, al final de vuestros días los demonios os arrastrarán a los abismos".
Y el cura de Ars añade esta reflexión que se conecta con el pensamiento de Santo Tomás: "Podemos decir que, aunque sea muy humillante ser tentado, es la señal más segura de que estamos en el camino del cielo". Leemos bien: ¡una señal y la señal más segura!
...un signo de reprobación
Igualmente perspicaces son las observaciones de San Vicente de Paúl sobre el papel de Satanás en la vida cristiana: Dios permite las tentaciones "para ejercitarnos y hacernos santos". Y añade: "Ser probado por las tentaciones es una gracia y un signo de que Dios nos ama".
San Vicente decía a las Hijas de la Caridad "que es un estado bienaventurado el de la tentación y que un día pasado en este estado nos proporciona más méritos que un mes sin tentación... No hay que rezar a Dios para que nos libre, sino para usarlas bien y para que nos impida sucumbir. Un apóstol (Santiago 1, 2) dice: "Aceptad de corazón todas las pruebas por las cuales pasáis". ¡Al contrario, es un signo de reprobación tener todo según el propio gusto!".
"No seríais Hijas de la Caridad -declaró un día- si no fueseis tentadas." "Es una regla general que todos los servidores de Dios son tentados".
Con una punta de humor el cardenal Charles Journet hace este comentario sobre la extraordinaria fecundidad de las tentaciones soportadas con espíritu de fe: "Nadie, después de Dios, habrá trabajado tanto por la santidad de Job como el diablo y nadie habrá deseado menos".
San Ignacio de Loyola escribía el 16 de Septiembre de 1554 a su hermano, el padre Miguel de Nobrego, capturado por los turcos: "Puesto que os ha concedido la gracia de sufrir en su servicio, que Dios nuestro Creador y Señor se digne concederos toda la paciencia y la fuerza que juzgará necesaria para que podáis llevar sobre vuestras espaldas, dando gracias, una cruz tan pesada, reconociendo que es su divina bondad la que envía las penas, las fatigas, las tribulaciones, la adversidad, con el mismo amor con el que envía ordinariamente el reposo, el contento, la alegría y toda prosperidad". Ahora bien, con ese fin, Dios utiliza también a los demonios.
San Ignacio de Loyola añadía: "Dios sabe como un médico muy sabio, y quiere como un Padre muy bueno el remedio más adecuado para curar las enfermedades de nuestras almas, escondidas o manifestadas, y provee así a nuestros cuidados según lo que es mejor, aunque no sea de acuerdo con nuestros gustos".
Como con los ojos de Dios
Sólo una fe profunda y lúcida puede convenir en que las tentaciones del demonio son un instrumento en las manos de Dios para la salvación y el progreso espiritual de los hombres. Se trata de una verdad sobrenatural. La razón del hombre abandonada a sus fuerzas naturales no puede captarla, del mismo modo que un gato o un tigre no podría volar por muy musculosos que sean.
Conviene recordar aquí, como explica un maestro espiritual, que el cristiano adulto está dotado de tres pares de ojos: los ojos de la carne perciben las realidades materiales; los ojos de la inteligencia captan las realidades espirituales; los ojos de la fe alcanzan las realidades sobrenaturales. Siguiendo a Dionisio Areopagita, Santo Tomás usa una expresión audaz. Afirma que, gracias a este último par de ojos, el cristiano ve "como con los ojos de Dios", participa de alguna manera en la mirada de Dios sobre su obra. Ahora bien, esta contemplación sobrenatural comporta la visión del desarrollo de las vicisitudes humanas, con las legiones de ángeles buenos que contribuyen todos, cada uno en su lugar y a su modo, a la edificación del Reino de Dios.
De acuerdo, se dirá: las pruebas desencadenadas por los demonios pueden favorecer el progreso espiritual del cristiano, como la ausencia de pruebas la puede comprometer. Pero ¿qué sucede en la vida concreta de cada día? ¿Cómo el diablo, que odia a los hombres, puede ayudarles en la salida hacia Dios?
La explicación no es difícil. El diablo, tentándonos, nos coloca delante de una alternativa. Nos obliga a optar entre el bien y el mal. Sirve a nuestra causa proporcionándonos la ocasión de una elección constructiva. Ahora bien, ¿proporcionar a una persona ocasiones de elevarse moralmente no es hacerle un servicio precioso? ¿Y no es cierto que los hombres y las mujeres pueden permanecer toda su vida en un estado de mediocridad moral, por no haber estado nunca en la ruda y feliz necesidad de optar entre dos vías: una en descenso y otra en subida?
Tomad un niño y dejadle pasar su adolescencia en un pueblo atravesado por un arroyuelo. No aprenderá a nadar. Haced crecer a este mismo niño en una ciudad bañada por el mar: en pocos años será un excelente nadador. Se le ha dado la ocasión de desarrollar sus aptitudes.
Así sucede con los hombres en camino hacia su destino eterno. Con el permiso del Señor de la historia, Satanás puede suscitar en su camino todo tipo de obstáculos: dificultades materiales, problemas de salud, incomprensiones, oposiciones, enemistades, envidias, odios, etc. Son otras tantas ocasiones de optar entre dos soluciones: la capitulación o la lucha.
Parece que la quiere destrozar
San Vicente de Paúl usa una deliciosa comparación para mostrar a las Hijas de la Caridad como Dios sirve de las pruebas y de las tentaciones del demonio para el progreso espiritual de los hombres: "Hijas mías, sois como una piedra con la que se quiere hacer una bella imagen de Nuestra Señora, de San Juan, o de algún otro santo. ¿Qué debe hacer el escultor para lograr su diseño? Es necesario que tome el martillo y quite de esa piedra todo superfluo. Y para esto golpea primero con grandes golpes de martillo, de manera que si lo vierais, pensaríais que la quiere destrozar; después, cuando ha quitado lo más grueso, toma un martillo más pequeño y un cincel para comenzar a formar la figura con todas sus partes y, al final, otros instrumentos más delicados para lograr la perfección que desea dar a esta imagen".
He aquí ahora la aplicación práctica: "Daos cuenta, hermanitas mías, que Dios se comporta de manera similar con nosotros. Ved una pobre Hija de la Caridad o un pobre misionero; antes de que Dios les retire del mundo, son groseros y brutales, son como grandes piedras; pero Dios quiere hacer bellas imágenes y para esto actúa y golpea con grandes golpes de martillo. ¿Y cómo lo hace? En primer lugar haciéndolos sufrir calor y frío, después enviándoles a ver a los enfermos en el campo, donde el viento sopla en invierno. No hay que dejar de ir por el mal tiempo. ¡Sí! Éstos son los grandes golpes de martillo que Dios descarga sobre una pobre Hija de la Caridad. Quien no viera más que las apariencias, diría que esta hija es desgraciada; pero si se echa una mirada sobre el designio de Dios, se verá que todos estos golpes no son mas que para formar una bella imagen".
"Cuándo Dios ha decidido perfeccionar a un alma, permite que sea tentada contra su vocación, estando alguna vez preparada a abandonarlo todo. Después como escultor, toma el cincel y comienza a diseñar rasgos sobre este rostro, lo adorna y lo embellece".
"Él permite que sea tentada." ¡No importa si por los hombres o por los demonios! Lo que hay que comprender bien es que las pruebas y las tentaciones pueden jugar un papel positivo en los planes de Dios. "Todo lo emplea para el bien de los que ama" (Rm 8, 28), incluso cuando descarga grandes golpes de martillo sobre ellos y parece destrozarlos.
¡Cuántos golpes de martillo y de cincel debió sufrir el bloque de mármol del que Miguel Ángel ha sacado la Piedad! ¡Y cuántas pruebas y tentaciones, causadas por los hombres y por los demonios, han debido superar los grandes santos para llegar a ser lo que son!
Capítulo V.- La táctica del Diablo: pasar inadvertido
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San Francisco de Asís ha sido definido "la oración encarnada" por el modo en el que todo su ser tendía continuamente hacia Dios. De Satanás se podría afirmar que es, de alguna manera, odio total hacia Dios, envidia total hacia los hombres, por el modo en el que el pecado domina su ser.
Esta definición del demonio repugna a nuestra inteligencia. ¿Cómo concebir, en efecto, un ser extraordinariamente dotado, que sea sólo odio y envidia? Este misterio de iniquidad nos desconcierta.
El Papa Juan Pablo II ha intentado dar una explicación en su catequesis sobres los ángeles en el verano de 1986. El 23 de julio abordó el tema de la caída de los ángeles que dividió el mundo de los espíritus puros en buenos y malos. "Los buenos han escogido a Dios como bien supremo y definitivo, conocido por la luz de la inteligencia iluminada por la Revelación. Haber escogido a Dios significa que se han vuelto hacia Él con toda la fuerza interior de su libertad, una fuerza que es amor. Dios se ha convertido en el fin total y definitivo de su existencia espiritual."
"Al contrario, prosigue el Papa, los otros ángeles han vuelto la espalda a Dios, a la verdad del conocimiento que muestra en Él el bien total y definitivo. Han hecho una elección contra la revelación del misterio de Dios, contra su gracia que les hacía partícipes de la Trinidad y de la amistad eterna con Dios en la comunión con Él por el amor. Sobre la base de su libertad creada, han hecho una elección radical e irreversible, del mismo modo que los ángeles buenos, pero diametralmente opuesta: en lugar de una aceptación de Dios plena de amor, le han opuesto un rechazo inspirado por un falso sentimiento de autosuficiencia, de aversión e incluso de odio que se ha transformado en rebelión".
El orgullo conduce a la ruina
¿Cómo explicar tal oposición contra Dios en seres dotados de una inteligencia tan potente y enriquecidos por tanta luz? ¿Cuál puede ser el motivo de una elección radical e irreversible contra Dios? ¿De un odio tan profundo que puede parecer el fruto de la locura?
Juan Pablo II remara que "los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de una "ceguera" producida por una valoración excesiva de la perfección de su ser, llevada hasta el punto de velar la supremacía de Dios que exigía por el contrario un acto de sumisión dócil y obediente. Todo esto parece expresado de manera concisa por las palabras: "¡No te serviré! (Jr 2, 20), que manifiesta el rechazo radical e irreversible de tomar parte en la edificación del Reino de Dios en el mundo creado".
En una palabra: Satanás, el espíritu rebelde, quiere edificar su propio reino, y no el de Dios. "Se erige en primer adversario del Creador, opuesto a la Providencia, antagonista de la sabiduría amante de Dios."
"De la rebelión y del pecado de Satanás, como también de los pecados del hombre, debemos sacar una conclusión y acoger la sabia experiencia de la Sagrada Escritura que afirma: "El orgullo conduce a la ruina" (Tb 4, 13)."
Estas consideraciones sobre la rebelión de Satanás son difíciles pero al menos ayudan a comprender mejor la presencia en el cosmos de una infinidad de ángeles, de los que unos, los rebeldes, se esfuerzan por separar a los hombres de su Creador, y los otros, los ángeles fieles, nos estimulan y nos defienden en nuestra subida hacia Dios.
El Vaticano II y las amenazas de Satanás
La catequesis de Juan Pablo II nos permite comprender mejor también algunas consignas pastorales de los Apóstoles a las comunidades de la Iglesia primitiva. Así, San Pablo escribe a los fieles de la ciudad de Éfeso. Después de haber exhortado a una vida cristiana más coherente a los padres y a los hijos, a los dueños y a los esclavos, el Apóstol añada una consideración, a la vez sorprendente e iluminadora: "No tenéis que luchar sólo contra los hombres sino también contra las potencias del infierno" (cfr Ef 6, 12). Esto significa que no es suficiente para un buen cristiano luchar contra sus malas tendencias y contra la influencia perniciosa del ambiente, sino que debe combatir también contra esos enemigos invisibles que son los demonios.
Es significativo, por otra parte, que en su Constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen gentium, 35), el concilio Vaticano II retoma a su vez esta exhortación del Apóstol a la iglesia de Éfeso: combatir sin cesar contra esos enemigos invisibles que son los demonios. Es como si los Padres del Concilio Vaticano II dijeran a los católicos: "Queridos hermanos y hermanas, ¡atención! ¡Estad siempre visibles, están, invisibles, esos enemigos poderosos que son los demonios, siempre al acecho de una presa! ¡Vigilad para no caer en sus redes!
La llamada de atención válida para los cristianos del primer siglo lo es también para los cristianos de hoy como lo será para los de mañana. Porque no han cambiado nada y nada cambiará en la debilidad congénita de los hombres y en el odio feroz de Satanás hacia ellos. La persistencia del peligro requiere la continuidad de la vigilancia.
Un pasaje bien conocido de la primera "encíclica" de San Pedro suena de modo parecido a la consigna de San Pablo a los Efesios. San Pedro incluso es mucho más explícito. Se expresa en un lenguaje fácilmente comprensible por el común de los fieles: "¡Sed sobrios y vigilad! Vuestro adversario, el diablo, anda como león rugiente buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe" (1 P 5, 8).
San Juan de la Cruz: comparaciones sacadas del arte militar
Es significativo que San Pedro, para subrayar mayor la gravedad del peligro, llegue a comparar al demonio con el león, el animal que se reputa más feroz.
Eco fiel del pensamiento de San Pedro, San Juan de la Cruz pone de relieve los ataques de Satanás. Para subrayarlo bien, el Doctor místico recurre a expresiones tomadas del arte militar: lucha, lucha espiritual, batalla espiritual, guerra, lucha furibunda, enemigo provisto de armas y baterías, después de los combates no faltan ni asaltos y ataques, ni trampas y emboscadas, encuentros violentos en los que se combate, en los que se enfrentan los unos con los otros, en los que se resiste, en los que se prevalece de los que se sale vencedor o vencido.
Notemos igualmente que la llamada de atención de San Pedro referente al león siempre en busca de presa no se dirige sólo a una minoría de cristianos fervientes; concierne a toda la comunidad de los creyentes. Se refiere a nosotros.
Cada palabra, en esta carta pastoral de San Pedro, merecería un comentario, tan grande es su densidad de sabiduría práctica. En verdad, para las primeras comunidades cristianas, recientemente evangelizadas, la lucha contra los demonios no era una cacería de placer, una afición dejada al capricho de cada uno. La presencia y la acción de Satanás era manifestada. Esta lucha incesante, conducida por el Adversario, formaba parte integrante de la vida de los cristianos. Se comprende por lo tanto la insistencia de San Pedro sobre la necesidad de vigilar y resistir. La vida cristina y el destino eterno de cada hombre depende de esta vigilancia y de esta resistencia.
Remarquemos también que San Pedro invita a los fieles a sacar sus amaras del arsenal de la fe sobrenatural: "Resistidle firmes en la fe". Porque Satanás no puede ser rechazado únicamente con las armas naturales. El cristiano necesita fuerzas sobrenaturales, del mismo modo que un ejército moderno necesita la aviación. La infantería sola no basta, ni la artillería.
Capítulo VI.- Sus Presas Preferidas
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Los santos nos lo dicen: Satanás tiene víctimas preferidas para sus ataques. No ataca a todos los hombres con el mismo furor. Los cristianos mediocres y los pecadores inveterados son ya suyos. Su rabia se despliega especialmente contra los convertidos, que se han sustraído a su imperio. Se ensaña contra los cristianos fervientes, contra los militantes empeñados con todas sus fuerzas en el Reino de Dios. Se desencadena por fin y sobre todo contra los santos y los devotos de la Virgen María. "El demonio tienta sobre todo a las almas hermosas, observa el Cura de Ars. Siempre que el demonio prevé que alguien hará el bien redobla sus esfuerzos." Y añade: "los santos más grandes son los que han sido más tentados". Satanás se enfrenta con cualquiera que trabaja por la extensión del Reino de Dios.
Santo Tomás observa que "Satanás se esfuerza de manera muy especial en dificultar la predicación evangélica". Piensa también que "es un honor ser atacado por el demonio, puesto que tiene especial inquina contra los santos".
El diablo, indican también los maestros espirituales, se ensaña sobre todo contra la oración y, más en particular, contra la contemplación. ¿No es ésta uno de los resortes más poderosos de la Iglesia en sus diversas actividades? Y la oración contemplativa ¿no es uno de los modos más elevados de rendir homenaje a Aquel que es objeto de un odio implacable por parte de Satanás y de sus ejércitos?
Para poner adecuadamente en práctica su programa de odio, Satanás necesita poder pasar desapercibido. "La insidia más conseguida del diablo es la de persuadirnos de que no existe", escribía en el siglo pasado Charles Beaudelaire, mientras que un escritor alemán afirmaba con humor macabro que "nada alegra tanto al diablo como leer el anuncio de su muerte en los periódicos".
Curioso contraste: mientras que los grandes de este mundo están ávidos de publicidad, mientras que los hombres políticos, los hombres de negocios, los artistas, las estrellas del cine y del mundo de deporte desean que los medios de comunicación hablen de ellos, Satanás, por el contrario, desaparece. Se esconde. Disimula. Se disfraza. Este monstruo de orgullo puede parecer un modelo de humildad..., por su esfuerzo en no aparecer. ¿Su gran aspiración? Pasar totalmente inadvertido para realizar mejor así sus planes de odio hacia Dios y de envidia a los hombres. "¿Para qué atraería inútilmente la atención e indicaría abiertamente su presencia, cuando su poder de disimulo es su medio de acción más eficaz?".
Algunos indicios reveladores
¡Cómo se deben regocijar las potencias de las tinieblas al constatar hoy en día el silencio casi completo de los medios de comunicación sobre el diablo! ¡Y cómo deben exultar ante las timideces de ciertas personas de la Iglesia que no osan pronunciar el nombre de Satanás! Citemos, por poner un ejemplo, la consigna dada por un sacerdote a los catequistas de su parroquia: "Sobre todo ¡no habléis del diablo a los niños! Y esto por dos motivos. Primero, porque hay que evitar traumatizarlos. En segundo lugar, porque el diablo no existe".
Un catequista objetó: "No puede ser, padre, el diablo existe porque el Cura de Ars ha tenido relación con él...". El eclesiástico respondió: "¡Sí el Cura de Ars hubiese comido menos patatas hervidas, no habría visto al diablo!".
Estos silencios culpables nos permiten comprender mejor el deseo de Pablo VI de que los responsables de la evangelización concedan una atención más grande a la presencia activa de Satanás en el mundo y en la Iglesia.
Pablo VI se preguntaba si tales síntomas permiten identificar con certeza la presencia de las fuerzas satánicas. ¡Problema importante, ciertamente, pero qué delicado! Pablo VI estima que la respuesta a esta pregunta "requiere mucha prudencia, incluso si los signos del maligno parecen algunas veces evidentes". Y el Papa precisa: "Podríamos suponer su siniestra intervención donde se niega a Dios de un modo radical, sutil y absurdo, donde la mentira hipócrita se afirma con fuerza contra la verdad evidente, donde el amor es ahogado por un egoísmo frío y cruel, donde el nombre de Cristo es objeto de un odio constante y salvaje (cfr Co 16, 22; 12, 3); donde el espíritu del Evangelio es desnaturalizado y desmentido por los hechos; donde se afirma que la desesperación es la única perspectiva, etc".
El Papa reconoce que "se trata de un diagnóstico demasiado vasto y demasiado difícil", que por el momento no podría profundizar y autentificar. "Este diagnóstico posee, sin embargo, un interés dramático para todos. La literatura moderna le ha consagrado, en efecto páginas célebres. El problema del mal sigue siendo para el espíritu humano uno de los más importantes y de los más permanentes, incluso después de la victoriosa respuestas que le ha dado Jesucristo. "Nosotros sabemos, escribe San Juan Evangelista, que hemos nacido de Dios, pero que el mundo entero gime bajo el imperio del Maligno" (1 Jn 5, 19)."
Juan Pablo II lo ha dicho en su Mensaje a los jóvenes del mundo entero (31 de marzo de 1985): "No hay que tener miedo en llamar por su nombre al primer artífice del mal: el Maligno. La táctica que ha aplicado y que aplica consiste en no revelarse, para que el mal, difundido por él desde el origen, se desarrolle por la acción del mismo hombre, por los sistemas y por las relaciones entre los hombres, entre las clases y entre las naciones..., para que el mal se convierta cada vez más en un pecado estructural y se pueda identificarlo cada vez menos como pecado personal. Es decir, para que el hombre se sienta en un cierto sentido "liberado" del pecado mientras que, al mismo tiempo, se hunda cada vez más en este pecado". Como afirma Juan Pablo II "no hay que tener miedo en llamar por su nombre al primer artífice del mal: el Malvado", es decir, el diablo, del que el Padre Nuestro nos hace pedir cotidianamente que nos libere (Mt 6, 13).
Si nos hace implorar cada día esta liberación, es porque el Maestro es quien mejor comprende la profundidad de nuestra innata debilidad y la extensión de la perniciosa empresa de Satanás.
Capítulo VII.- Como perro sujeto por una cadena
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El episodio tiene por teatro una buhardilla de estudiante en París, calle Vaugirard, no lejos del Institut catholique. Son las 9 de la noche. El estudiante, Antoine X., está absorto en una lectura apasionante: El Mundo invisible. Este volumen de 5

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